A Claudia y Ericka
Por primera vez desde tu partida
–a lo mejor ayer lo había sentido- llore desconsoladamente. Mis lágrimas
siguieron cayendo y yo continúe con lo que tenía que hacer. Me puse mi ropa
lenta y temblorosamente y salí al parque; recordé como tú y yo caminábamos y
corríamos enamorados, yo me quedaba viendo tus ojos y tú los míos, ninguna
palabra era suficiente y optábamos por callar y besarnos.
Volví a casa, caminé muy
despacio. Me he acordado –un intervalo de lucidez a lo mejor- y pasé por donde
te velaron cuando falleciste y maldije al dios en el que los otros creen por
haberte llevado. Créeme cuando te digo que lloré porque no pude acordarme
–amada- si le di un beso a tu ataúd, si lo abrasé o si lo abrí para darte la
despedida.
Pude llegar a casa y siento como
todo se va desvaneciendo, mi espalda nuevamente duele, la vejiga arde y las
manos están volviendo a ser incontrolables. Invoqué a los demiurgos, con voz de
auxilio reclamé tu nombre, pero no apareciste; los anaqueles con libros son
amplios y están llenos, pero mi corazón sin ti esta vació y lleno de miedo.
Pero antes que todo se disipe, me
he de revelar en contra de la naturaleza y de su creador; no cumpliré la
condena que me ha impuesto que es vivir y por el contrario ya abriré las
puertas para ir donde tu estas.
La vida no vale la pena vivirla
si no estás, el mundo puede estar lleno de gentes, pero el mío está solitario.
Abrí el cajón donde guardo mi arma, el arma que tantas veces quisiste que
botara; le he puesto sus balas y la miro, ella me seduce y yo esta vez no
impediré sus actos.
No estas, es cierto. Ya no me
besas y eso me arde en la piel. Antes de que se me olvide todo, lo haré…
Sentiré el último beso, el beso de la bala, que me llevará hacia ti; aunque
mañana todo se repita una vez más”.



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