domingo, 18 de febrero de 2024

BESO.


 

A Claudia y Ericka


No fue mi mejor día. Hoy me levante con mis manos temblorosas, mi vejiga acumulada y mi espalda doliendo. Sin embargo, pude ponerme de pie y caminar hasta el baño; no fue una vista muy agradable ver frente al espejo estos despojos en los que me había convertido. Al salir, hice un café que me quedo amargo, me prendí un cigarrillo y tomé no sé cuántas pastillas para aliviar mis males. Por un descuido –quizás voluntario- dije tu nombre, pero no me contestaste, volví y lo dije, pero nadie respondió… Me acordé –a lo mejor las pastillas hicieron su efecto- que ya no estabas en este mundo, que hacía más de veinte años que habías muerto en la misma cama en que duermo.

Por primera vez desde tu partida –a lo mejor ayer lo había sentido- llore desconsoladamente. Mis lágrimas siguieron cayendo y yo continúe con lo que tenía que hacer. Me puse mi ropa lenta y temblorosamente y salí al parque; recordé como tú y yo caminábamos y corríamos enamorados, yo me quedaba viendo tus ojos y tú los míos, ninguna palabra era suficiente y optábamos por callar y besarnos.



Me he sentado en el parque y veo a tanta gente pasar, gente que no conozco (o que no me conocen), palomas, pájaros y otros seres que ya mi memoria no retiene.  Compre algo de maíz para darle a las palomas, como lo hacíamos tu y yo, quise pararme y correr detrás de ellas, igual que en aquel entonces, pero mis pies no respondieron; me he caído y si no es por varias personas seguramente allí me hubiera quedado, en el suelo, un buen tiempo.

Volví a casa, caminé muy despacio. Me he acordado –un intervalo de lucidez a lo mejor- y pasé por donde te velaron cuando falleciste y maldije al dios en el que los otros creen por haberte llevado. Créeme cuando te digo que lloré porque no pude acordarme –amada- si le di un beso a tu ataúd, si lo abrasé o si lo abrí para darte la despedida.

Pude llegar a casa y siento como todo se va desvaneciendo, mi espalda nuevamente duele, la vejiga arde y las manos están volviendo a ser incontrolables. Invoqué a los demiurgos, con voz de auxilio reclamé tu nombre, pero no apareciste; los anaqueles con libros son amplios y están llenos, pero mi corazón sin ti esta vació y lleno de miedo.

Pero antes que todo se disipe, me he de revelar en contra de la naturaleza y de su creador; no cumpliré la condena que me ha impuesto que es vivir y por el contrario ya abriré las puertas para ir donde tu estas.

La vida no vale la pena vivirla si no estás, el mundo puede estar lleno de gentes, pero el mío está solitario. Abrí el cajón donde guardo mi arma, el arma que tantas veces quisiste que botara; le he puesto sus balas y la miro, ella me seduce y yo esta vez no impediré sus actos.

No estas, es cierto. Ya no me besas y eso me arde en la piel. Antes de que se me olvide todo, lo haré… Sentiré el último beso, el beso de la bala, que me llevará hacia ti; aunque mañana todo se repita una vez más”.

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