En todas las historias escritas, actuadas y reales
siempre existirá “el malo de la historia”; caperucita tuvo al Lobo, Holmes a
Moriarty, la isla del tesoro a Long John Silver, Valjean a Jalvert, Jekyll
a Hyde. Y cada historia siempre termina con un acto aleccionador en contra del
malvado y en un acto misericorde hacia el “héroe”.
Los villanos
pasan a la historia, sin cuestionamiento alguno, como seres miserables que
hicieron de todo y por todo para acabar con el “bueno”, que emplearon toda la
inteligencia y paciencia para derrotarlo pero que por ardides del otro sus
planes se vieron frustrados, que por cuenta de su inteligencia el enemigo fue
derrotado, que por confiar en las buenas artes y en la pulcritud de su conducta
el mal nunca triunfo.
Y resulta
curioso que los reclamos de los malvados para oponerse a las réplicas de los
justos sean hechas de manera más simbólica que toda la parafernalia que desatan
esos paladines. El lobo murió, Moriarty también, Long John Silver desapareció,
Jalvert se fue de espaldas al rio y Hyde fue eliminado. Y es ahí cuando uno
piensa de manera singular al respecto y comprende que el malo no es malo por su
naturaleza, ni malo por una suerte de destino natural, sino que el malo es malo
porque alguien lo tacha, alguien no entiende, alguien así lo desea.
Sí, habrá malos
porque tienen que haber malos.
Pero no todo el
señalado, el vituperado es malo; el que lo señala puede que sea peor, solo que su
bondad ingénita, aunada a su carga moral lo santigua y santifica y como por
arte antinatural su culpa se enerva.
Y siempre habrá que recordar: que toda historia, toda vida tiene un malo o mejor: Un incomprendido.



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