A mi padre lo mataron en un día cualquiera del sexto mes de un año que he querido olvidar. Lo mataron porque era un buen hombre y por suerte murió abrazado a la tierra como tantas veces lo quiso.
Mi padre salió ese día a ver los árboles y las matas, a ver sus vacas y novillos, a oler el café despulpado y a tomarse un tinto en el corredor de la casa del mayordomo rodeado del olor a cagajon de las bestias del establo. Mi padre era un buen hombre y por bueno lo mataron...
A su padre lo mataron en un día del mes de junio de un año que todos sabemos pero que no queremos recordar. Lo mataron como matan a un ser que se odia, con sevicia, con malquerer, lo tiraron a la tierra y lo pisaron como cucaracha.
Su padre salió ese día a caminar como perdido en sí, no vio los árboles de guayacán que florecían, tampoco vio las matas de albaca, ni a las vacas, ni olió el café, parecía compungido ensimismado, solo respiraba hondo el olor a mierda. Su padre no era un buen hombre desde que no vio los árboles de guayacán, ni las matas y que buen ser humano podría ser quien no se tomo el tinto en la casa del mayordomo por andar viéndose a un espejo de mano.

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