Y dijo el maestro sentado en su catedra:
“Cierto día un hombre, del cual no
sabemos más, se acercó a la orilla de un rio caudaloso para tratar de cruzarlo.
Otro hombre que estaba en la otra orilla le grito que esperara que el rio
bajara un poco para que pudiera cruzarlo, que si lo hacía ahora era muy seguro que se
ahogara.
Ese hombre, del cual no sabemos más,
no hizo caso de lo que el otro hombre le dijo y comenzó a cruzar el rio, la
corriente lo tumbo y lo empezó a arrastrar rio abajo. El hombre que le advirtió
corrió rio abajo para tratar de salvarlo pero fue imposible.
El hombre que le advirtió al hombre,
que ya sabemos que esta ahogado, se sentó en una roca a llorar porque no había
podido salvarlo. Otro hombre que lo vio llorando le pregunto por lo que había
pasado y este le conto; el que preguntaba, miro para ambos lados del rio, y luego
le increpo: ¿Y porque no miraste para arriba y le dijiste que había un puente
para que el pudiera cruzar?”

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