A Karyn.
Suele suceder que, a veces, el mundo es un extenso
e incomprendido lugar donde solo hay cabida para unos cuantos y exclusión para
otros. Y digo que suele suceder porque no hay forma de entender el mundo
cuando unos están dentro de él y otros por fuera. Es algo así como cuando, ella, estaba enferma y
tenía que estar en cama en su cuarto junto a, él, su hermano quien no podía caminar. Ella quería
que la dejaran ver por la ventana, pero él no lo permitía; sin embargo, cada vez
que ella lo pedía él le contaba el mundo que había afuera. Le contaba, por
ejemplo, que había una cascada de muchos colores y que por el rio que ella
alimentaba se veían maravillosos barcos a vela navegando hacia mundos increíbles
donde habitaban seres increíbles; le hablaba del cielo y le contaba de todas y
cada una de las criaturas que por el surcaban, dragones dejando estelas
coloridas, aves que dejaban líneas de purpurina que caían lentamente y pájaros que
contaban misteriosas notas que encantaban a quienes las oían.
Un día a ella le dijeron que se había curado, que
sus males habían desaparecido, que podía salir al mundo y entonces se alisto
para encontrarse con la cascada de muchos colores, con el rio donde estaban los
barcos, con los dragones en los cielos, las aves y los pájaros. No había
emoción más grande que el poder cruzar esa puerta y ver todo aquello que su
hermano le decía. Cruzó la puerta y vio que nada era como debía de ser, que no
había una cascada, que no había barcos, ni animales fantásticos surcando los cielos.
Solo había un mundo gris, iluminado a veces por el sol y fétido como poco; no
había felicidad, los colores se perdían en las decenas de esquinas, la lluvia
caía y nadie era feliz.
Así que ella volvió adentro, se acostó en la cama y le preguntó a él, su hermano, que era lo que veía por la ventana y él volvió a contarle lo que veía.

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