El amor, como comportamiento y sentimiento, apareció
en una estepa africana, como apareció el hombre.
Con el pasar de los tiempos se fue perfeccionando
y se convirtió en un elemento tan de la esencia que, él mismo, proscribió su
negación; de una u otra manera los seres humanos sentimos amor por cualquier
conducta que hacemos, hasta por las incorrectas.
Miren, con el auge de las nuevas tecnologías,
redes sociales y APPS, el amor ya dejó de ser propiedad privada y se convirtió en
un acto común, público, repartido por todos lados y en segundos...
La carta que tomaba tiempo escribirla y enviarla
ya es instantánea que llega, los corazones que salían para navegar por los
aires hasta encontrar el o la destinataria y que duraban por ahí demasiado
tiempo, hoy encuentran su propietario con solo dar enviar.
¿Qué será del Ars amatoria de Ovidio? Se
ira para el olvido, salvo... que este en formato digital.
Las amadas y los amados (única forma de lenguaje
inclusivo valido) se volvieron bytes. El calor de unos labios, de un cuerpo, de
una desnudez al momento que escribo es simplemente el frio de una cámara o de
una pantalla: nos vemos frente a frente pero no nos conocemos frente a frente.
Sí, se globalizó el amor; pero se olvidaron los
amantes, se olvidó la cogida de mano, se olvidó el conocerse... ¿Será que
mirarnos frente a frente por una pantalla o enviarnos flores virtuales o corazones
virtuales, sustituye el abrazo, el olerse, el sentir la piel?
Y entonces, ¿Cómo es posible que el amor sobreviva
a esta época de simulaciones y artificios? Una buena pregunta y la respuesta es
esta: sobrevive porque hasta para hacer simulaciones y artificios hay que amar;
que ya no nos amemos como seres humanos no es noticia nueva, pero al menos
simulamos hacerlo para que nos vean, que nos crean que nos amamos es otra
historia.



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