Fue primero la escritura que el libro, y eso es
una verdad incuestionable; cuando el libro aparece junto a él también aparecen
los anaqueles y ciertamente con los anaqueles, posteriormente, aparecen las bibliotecas.
¿Y qué es una biblioteca? Pues simplemente el único lugar donde se conserva la
memoria que no enferma.
Y fue precisamente en una de esas bibliotecas,
en particular la de la real academia de ciencias morales y políticas de España,
donde en el quinto anaquel del pasillo del medio, segundo estante de arriba
hacia abajo, columna del medio, donde reposa una obra muy singular. De hecho, si
se mira su registro de préstamos esta obra ingresó a la biblioteca en el año de
1925 y fue prestada Por Primera Vez en 1954 para de ahí en adelante no haber
sido prestada hasta cuando la volvimos a descubrir, ya muy entrado el siglo 21.
En el interior del manuscrito citado podemos encontrar, a página 84, una
pequeña historia que es muy prudente traerla hoy Primero de Mayo a colación y
es la historia de «Mardoqueo Pérez: el trabajador». Por tratarse de un texto
cuyos derechos ya son universales lo reproducimos a continuación.
“Todas las mañanas Mardoqueo Pérez tomaba el almocafre y se iba al corte
a realizar surcos para que luego fueran fecundados con la semilla de tulipanes;
esa era la ruta de él a diario. Cuando volvía, su esposa, pequeña mujercita de
cuerpo, le tenía las viandas que él comía para luego dormirse... Y así fue por
mucho tiempo. Más un día, y eso, Mardoqueo Pérez paró. No quiso levantarse de
su cama a la misma hora, su mujer se asustó,
pero guardo el silencio; por esas cosas se levantó al medio día y almorzó con
su esposa a la que le dijo unas palabras sobre su belleza y espeto rosas por la
boca para decirle lo que la amaba.
De sobremesa la llevó a la cama y quitándole las ropas, le hizo el amor con fuerza, faltando a los canones, dejó que su mujercita estuviera arriba de él -mientras fornicaban- y ambos tuvieron su premio.
Luego ambos fueron a la quebrada que irrigaba los campos y se bañaron; su mujercita,
mujercita de cuerpo, brillo como toda una diosa ante los ojos lelos de
Mardoqueo, quien toco el cielo sin haber querido.
Ambos volvieron a su hogar, ella: La Mujer, le hizo
su cena y él luego de cenar, la llevo a la cama y volvió hacerle el amor, pero
por ser ya de noche, no hubo limite y ella soltó a viva voz sus gemidos de
placer que a no dudar dibujo una sonrisa, no de gozo, sino de satisfacción.
Y se fue él día.}
Despuntó el sol por oriente y Mardoqueo Pérez
volvió a su rutina, pero esta vez una mujer lo esperaba en su hogar para cuando
regresara”.


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