Le estoy dando largas a la muerte, esperando que de mi se acuerde. Que agonía es la vida, pero más agonía es esperar la muerte, la muerte es la visita más deseada pero la más ingrata... no se sabe cuando llegará.
A veces la
esperamos en la ventana, como se esperan los amantes, nos arreglamos con los
mejores trapos, nos acicalamos con perfumes y otros menjurjes en espera de su
repentina llegada; pero al igual que los amantes que se esperan en la ventana y
ven pasar largas horas o cortos minutos para darse un beso, así misma es la
muerte... puede tardar horas, años, siglos o segundos en llegar para darnos un
beso.
Otras veces,
esperamos a la muerte, como soldados valientes que se arrojan a las trincheras
en espera del enemigo; le dedicamos largas vigilias, noches de insomnio en
espera para combatirla, en espera para enfrentar a la parca -que es como le
dicen- y quitarle la hoz. Pero, y también como les pasa a los valientes
soldados, puede que esperemos por un enemigo que nunca llegue y cuando bajamos
el fusil o cambiamos de mano para percutar mejor el gatillo, la muerte se
infiltra en la trinchera y...
Puede que la
muerte se disfrace de mujer y nos seduzca con fina coquetería, nos lleve hasta
el peñasco donde se ve inmensa la luna y con sutil galantería nos arrime hasta
el borde y haga que nos arrojemos al vacío.
Y al final puede
que hasta yo mismo sea la muerte, puede que yo mismo decida quien vive y quien
muere, puede que yo mismo haya sido quien se infiltro en las trincheras para
asesinarse, puede que yo sea el amante que llega a la ventana a besarme o puede que me disfrace de mujer para
engañarme a mi mismo y hacer que me arroje por ese peñasco.

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