Un día
cualquiera me levanté y sentí que el mundo estaba mal.
Me fui
para mi estudio y mientras leía de forma desprevenida fueron muchos los que
marcharon y lanzaron piedras; muchos gritaron arengas y muchos fueron
reprimidos y desaparecidos. Muertos hubo de un lado y del otro y el Estado y
los políticos a eso, que hicieron, lo llamaron revolución. Ese día solo supe
quedarme dormido.
Al otro
día, me levante aturdido sintiendo que el mundo era un caos completo; tome el
tren para ir a mi trabajo y un hombre comenzó a tocar su violín; tocaba unas
notas celestiales, que reconfortaban el ánimo y al llegar a mi destino (que
también era el del músico) otros hombres, con uniformes verde oliva, a
empellones sacaron al violinista y todo porque la música era subversiva.
Fue,
entonces, que me dije que ahí hicieron falta revolucionarios para hacer la
revolución.
Pasados
aquellos días y siendo otro día de más, me levanté y presentí mi muerte.
Salí a
caminar por lo que quedaba de calles y miraba como todo el mundo se había
entregado al gris de los edificios y al negro de los trajes, a la altivez de
las ideas mal vertidas, al enojo de la madurez y a la esclavitud de la
tecnología; rogué, entonces, a los dioses y eso que como último recurso, ante la
ausencia de seres humanos para que aquello fuese un sueño, pero no lo era... y
entonces a mi mente vino, de repente, la idea de hacer algo y lo hice, aunque
tarde: Me desnude y camine desnudo por las calles y fue así como hice mi
revolución.

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