Me han
condenado. Me han condenado a la pena de muerte por haberle dicho al tirano las
verdades que el ha negado; me han atado las manos y los pies con cuerdas a las
ancas de corceles indómitos y bravíos que esperan las ordenes para arrancar en
rápida carrera. Parece que me quieren ver desmembrado, mis partes por el suelo
y quieren ver como mi vida se eleva o desciende por los aires o a los suelos.
Parece que quienes desean mi muerte quieren dejar sentado que todo aquel que
señala con el dedo las verdades al tirano tiene que morir de la forma más
aparatosa para estar tranquilos y aleccionar a los otros que se quieran revelar
con la voz.
Pero así y todo,
desmembrado como me quieren, no será posible que me acallen. Y no será posible
porque la amargura de mi dolor, los seguros gritos y las seguras convulsiones y
el apagamiento de la luz de mis ojos será el justo final; la dulzura de la
muerte, el saboreo de las mieles y de las viandas afinara mi voz y ella seguirá
estridente en la de los otros que gritaran en mi nombre.
Y ni
amordazándome, queridos verdugos, ni volviéndome a condenar, fatuos jueces harán de mi un hombre amargado.
¡Arre corceles,
Arre!
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