Ignacio Arringoechea, mejor conocido como “Nacho Echea”, era uno de esos escritores
poco conocidos que pululaban en la ciudad de Medellín.
Cliente asiduo de la otrora “Calle del Calzoncillo” y eterno
bailarín de salsa en “La fuerza” enseñó a bailar a muchas putas y a uno que
otro hombre que le pedía el favor para no quedar mal con las “muchachas”; tan
solo pedía un vaso de ron viejo de caldas con hielo como pago.
Nacho era un baja cucos profesionales; en los hoteluchos de la
“Calle del Calzoncillo” siempre tenía una pieza para la fulana de la noche y
siempre contaban que Nacho las endulzaba con sus cuentos al oído y al otro día
era la de marras la que pagaba la pieza, los tragos y se pagaba a ella misma la
zarandeada que Don Ignacio le metía.
De Nacho nunca se supo donde nació o si tenía profesión, arte
u oficio, solo que cuando le daba por cascar las teclas de la máquina de
escribir no había poder humano que lo detuviera; sus vecinos de habitación -los
de la pensión de Doña Concha- en Niquitao, ya se habían acostumbrado y se
volteaban para el otro lado de la cama cuando él pasaba noches completas dele
que dele...
Y cuando acababa se iba por allá a la zona de San Ignacio a
buscar imprentas para que le imprimieran sus escritos porque él decía que lo
único que perdura es lo que queda en el papel. Mientras esperaba la impresión,
que se la fiaba Don Fabio el tipógrafo, que era cosa de dos a tres semanas
Ignacio se perdía en los bailaderos de salsa y prostíbulos porque así era que
le gustaba su vida: escribir, bailar, putear.

Cuando era el día de la entrega, Nacho, aparecía y Don Fabio le
daba las impresiones animándolo a que dejara esa vida, que eso no era para él;
Ignacio, escuchaba y de dientes para fuera le juraba por cada una de las once
mil vírgenes que lo iba hacer, que la iba a dejar, luego se iba para la
Alpujarra y a cuanto político o abogado que reconocía le vendía la impresión
como por $20.000 y con lo que recogía iba le pagaba a Don Fabio, luego pagaba
lo que debía a Doña Concha y después se perdía el tiempo que él quisiera porque
para Nacho el tiempo era un tal invento burgués para abrazar a las masas y
dominarlas y como él no era para nada de la masa se le hacia el pendejo...
A Ignacio Arringoechea, Nacho Echea, lo encontraron en un
hotel, en una habitación sucia, cerca de la Iglesia Metropolitana, en una cama,
desnudo, sin ropa porque la ropa se quedaron con ella para venderla y pagarse
la pieza. La que estaba con él de seguro se voló.
Lo sacó la policía, envuelto en plástico blanco y se lo llevo
a Medicina Legal en donde no hubo doliente que lo reclamara, ni si quiera las
putas a las que folló, ni si quiera Don Fabio el tipógrafo, ni los políticos,
ni los abogados a los que les vendía sus libros.
Nacho murió de paro cardiaco, alcoholizado y con la lanza en
ristre; para su forma de vida podría decirse que murió contento.
Con el tiempo, y después de estar en una nevera de la morgue,
lo enterraron en el cementerio universal, cerca del hermano de la Quica -el que
tiene la música 24 horas- acompañado de “Siempre Alegre”.
Doña Concha supo que había muerto tiempo después; ella nunca
lo busco porque él se perdía meses
enteros hasta que volvía a darle dedo a su máquina para ir a que le imprimieran
sus textos para venderlos y pagar sus deudas.
En su cuarto le encontraron la máquina, resmas de hojas
usadas a las que les ponía una x para usar el respaldo que estaba limpio,
copias de lo que escribía, que las guardaba como recuerdo, ropa vieja pasada de
moda, libros y tres diplomas: Uno de filósofo y dos especializaciones.
Y... Muchos se preguntaron: ¿escribía porque era filosofo? O
¿esos títulos se los había impreso Don Fabio?
Si quiera a Nacho no le tocó la pandemia, no quisiera
imaginármelo encerrada sin poder hacer lo que más le gustaba o al menos no
murió en un hospital, ¿Qué peor que morir en un hospital?
Con sus cosas y con las nuestras, a manera de homenaje póstumo, como todo en esta
letrina de ciudad, copio uno de sus textos, el cual si desean lo pueden
adquirir conmigo para ver si recogemos y seguimos pagando un nicho en el cementerio
universal cerca del hermano de la Quica para que siga escuchando “Siempre
Alegre” y no lo mandan para la fosa común, donde terminan todos los que
piensan.
“LA ORATORIA DE LOS INUTILES”
No hay letrados, ni hay doctos, tan solo sabedores.
No hay bobos o idiotas sino pendejos redomados.
No hay hombres honorables, tan solo hombres.
No hay mujer que no lo de, sino idiotas que creen que todas
lo dan.
¿Habrá obras más grandes que las que se hacen con ladrillos?
Sí, las que se hacen con un lápiz.
¿Vale la pena vivir? No se responda usted mismo, mire a ver
si los otros que están cerca saben la respuesta.
¿Y si saben la respuesta? Pues entonces respóndase usted
mismo.
No hay duda, no hay lugar a la cavilación, el mundo es mejor
cuando decidimos que mundo queremos, no cuando otros lo decide.
¿Qué dirán de lo que escribo? Que digan lo que les de la
gana, total este escrito ya no es mío.
N.E. Medellín, 6 de Marzo.