A Esteban Gonzalez.
Esto le he respondido a mi amigo, quien me ha escrito, viendo esta deplorable condición:
... De que vale la
pena, mi Querido amigo, seguirse preguntando si vale la pena seguir viviendo si
la respuesta, aunque trate de animarnos será, por lógica, una sola.
De que vale la
pena, seguir martillándose la cabeza, dándole golpes como el carpintero al
clavo o el escultor al mármol, si al final siempre la respuesta por más
positiva que trate de ser será consecuente con la misma realidad.
Ayer éramos simples
hombres deambulando por las vías del mundo sin importarnos el destino y hoy
somos entes preocupados por saber cómo terminara todo; hoy tan solo somo lo que
en muchas respuestas anteriores tratamos de no ser.
No he querido
decirlo por mucho tiempo, porque siempre dije lo contrario, pero creo que ha
llegado el momento de decirlo para que te lo grabes: No vale la pena vivir la
vida. No hay razones, no hay sentido, no hay ánimos, no hay nada. Y por más que
trates de hacerme cambiar de opinión debo decirte que fracasaras.
Me he cansado de
vivir, se ha vuelto insoportable. Respirar me causa una fuerte presión en el
pecho a la cual, en principio, atribuía a una dolencia cardiaca o a un eventual
sincope, pero ya veo que no era por eso...
Me dolía el
pecho porque el aire que respiro es tan pesado que al ensanchar los pulmones
los hace doler y se ha vuelto así por todos y cada uno de los artilugios estúpidos
que la humanidad ha inventado y que vienen consumiendo la pureza de lo
invisible que es el aire y agotando las sencillas de respirar.
Pero no solo por
eso, sino también porque al respirar, así sea de manera involuntaria, se ha convertido en una obligación. Obligación impuesta desde el momento en que me
robaron la propiedad de mi vida y se la entregaron a un ser sobre natural para
que decidiera cuando es “prudente” terminarla. Me están obligando a vivir, a
padecer, a ver padecer contra mi voluntad.
Respirar es sinónimo
de vida, vida es sinónimo de alegría y alegría es sinónimo de conformismo; para
mi respirar es una obligación, vivir una imposición y la alegría una ilusión.
De nada valdrá
que me muestres todas las posibilidades que tiene el mundo porque el mundo me
quedo corto. Y no es ego, pero cuando uno está aburrido, harto, cansado de un
lugar, la lógica enseña en que es necesario irse, apartarse, cambiar; ergo si
estoy aburrido de este mundo, de sus cosas, de sus gentes, de todo, debería de
cambiar de mundo, pero ¿A cuál mundo? ¿hay otros mundos? ¿Dónde están?
La única
escapatoria a este desastre es saber qué hacer y yo sé muy bien que haré y a
nadie le va a gustar. Que tal que mi último acto de redención fuese puesto a
consideración de esta caterva para que lo aprobaran...
Dejaré morirme,
dejaré que todo llegue a su final en el correcto momento y en la hora señalada;
no lucharé por darle alargue a lo que no quiero, ni prolongar lo que no me es
querido. Dejaré que esta vida, tan apreciada para unos, cruel y vengativa para
mí, ejecute su sentencia y nombre mi verdugo.
El único lujo
que me reservo es el de tal vez adelantármele si veo que, como la inquisición,
comenzara a torturarme; pero por lo demás la cumpliré.
Sí, soy lo suficientemente
cobarde para suicidarme YA, pero soy lo suficientemente inteligente para saber
que la vida es de mi propiedad y que
puedo disponer de ella cuando quiera.
Quizás, mi amigo, debo de aceptar
purgar la sentencia de estar vivo pero no debo aceptar que me agrade vivir.
Y no, no tienes razón en tus
suplicas... no viviré a gusto por tener una familia, de nada sirvió, hicieron
bien el simulacro, las actuaciones de fingir cariño, tan fue así que cuando el
patriarca y la matriarca partieron -cansados y hartos de esta putridez-, como
el cuento del lobo y el cordero, se quitaron la piel. Cumplieron la sentencia
de Plauto: homo homini lupus... Pero para todos los efectos de su hipocresía,
el culpable fui yo.
¿Vivir para los amigos? Si por
ellos fue que aprendí sobre esta vida y creo que la mayoría de ellos en su
intimidad saben que estar vivo no es un regalo sino una obligación.
En conclusión: No trates de
prevenirme que me anime a querer vivir, NO QUIERO, no lo deseo, me molesta;
pero despreocúpate que no tendrás la noticia de que me haya colgado o que mis
sesos están en alguna pared... Me gana la cobardía.
En conclusión: ¿Vale o no vale la
pena vivir la vida? Mi respuesta es: Para nada vale la pena.