Pronto vendrá un nuevo aniversario de tu partida y con él una nueva espina
se clavará en mi mente por cuenta de lo que algunos llaman remordimiento.
No creas. Los que están por morirse no me generan lastimas, aún hay peligro
cierto de que se salven, como lo estabas tú; solo los muertos me generan
lastima y conmiseración, solo el que ya no respira, solo los que ya no miran ni
ven, me dan dolor... Solo el que no se puede defender me produce malestar y
como ya tú no te puedes defender es que siento este peso que me oprime y que a veces, por cierto, muy
seguidas, me hace llorar.
Y cuando ese aparato dejó de pitar y apareció una línea recta, se dio por
parido este dolor tan grande, comenzó el aprendizaje a vivir sin respirar y las
ganas del suicidio pasaron del último al primer lugar de opciones. ¿Habrá algo,
después de todo esto, por lo cual valga la pena continuar? No sé, quizás al
final lo intuiré.
Creo que después de profesar una vida enjuta e hiriente, al final, fuiste
noble, porque pediste perdón.
Yo en cambio, sigo vivo; sigo siendo un cualquiera. Me volví sospechoso por
estar vivo. No tuve la suficiente sapiencia de pedirte perdón... Y seguramente
mi ego, pelafustán como su dueño, le gano a la frígida razón.



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