Que envidia siento de los
muertos, que envidia les tengo de que ya nadie les molesta, ya nadie va a
contarles problemas ni menos va el cobrador a pedir saldar las deudas.
Que envidia la que les tengo a
los que se van de este mundo, que envidia les tengo a los que decidieron irse
por su propia cuenta o patrocinados a otras tierras, a otros mundos, a otros
horizontes; les tengo envidia porque ya no recordaran lo que fueron ni sentirán
lo que sintieron... Tanta envidia les tengo que parado en la venta, veo con nostalgia
las procesiones fúnebres y me digo: “que envidia, ya se fue.”
Cada vez que alguien muere, me
siento y maldigo: ¡Por qué él y no yo! No le oculto a nadie, ni a mi diario, ni
a mis pensamientos, que quiero irme. No le oculto a nadie que este mundo se me
ha vuelto invivible, sufrible y espinoso y que aún con los ánimos y las promesas
de un mejor devenir, sigue siendo lerdo, pesado y no queda otra opción que...
Siento, que la naturaleza tiene
un cierto juego macabro conmigo y se ha propuesto en hacer que los que amo
vayan muriendo despacio y de manera espaciada y sé que me dejará a mi de último
porque de tiempo atrás conoce que no tengo la fuerza, ni las capacidades para
decir: ¡Me largo! (Siento una risa burlona detrás de mí, en mi oreja izquierda,
cada vez que pienso o digo en voz alta esto).
Y mientras pasa, le seguiré
teniendo envidia a todo aquel que se vaya, a todo aquel que este muerto.

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